
En la mañana hay algo especial. De pequeño no me gustaba hasta que comprendí lo sublime que se da en ella. Muy poca gente está despierta y mucha está soñando su último sueño. La brisa es fresca y se pueden oír a los primeros pajarillos piar. No hay casi ruidos y una calma serena lo inunda todo. Un nuevo día comienza y todo es posible. Me dejo llevar por la brisa fresca y el olor a azahar. Qué cosa más magnífica. La gente suele saludar diciendo buenos días, cuando el resto del día parecen zombies y no saludan. Ni siquiera miran a los ojos.
Todo está como renaciendo, vivificándose. Y ver al sol nacer, qué lujo. Lo mejor es en la playa, ver amanecer en la playa. Qué recuerdos tengo de esos amaneceres. Siendo joven, después de una noche de fiesta, irme a la playa a ver amanecer era como un sueño hecho realidad. Recordaba todo lo que había ocurrido en la noche y los sentimientos de agradecimiento me inundaban. También a veces la melancolía. Ese día no había podido estar con la chica que me gustaba. Pero siento que me gustaba esa sensación. A veces somos un poco masoquistas.
También recuerdo amaneceres cuando iba de vacaciones con mi familia. Normalmente era muy solitario y me encantaba estar solo en la playa meditando, o con la guitarra. Recuerdo un día en concreto, cuando estaba en un coro y habíamos ido de gira, que me había tirado toda la noche bailando y cuando llegamos al complejo donde estábamos hospedados, me escapé a la playa a ver amanecer. Aquel amanecer fue memorable. Momentos así, en los que estás contigo mismo son una bendición…
Ian