La danza de la vida

Comienza con un llanto desconsolado y se puede terminar de múltiples maneras. Es un baile que todo el mundo que nace tiene que bailar, sepa o no bailar. Con las idas y venidas de la vida vamos meciéndonos, unas veces más rápido, otras veces más a compás. Con las mecidas nos vamos cansando y el baile va acercándose a su fin. Pero ocurre que no nos sabemos la canción y, por lo tanto, tampoco sabemos cuándo va a acabarse.

En la danza hay tropiezos y momentos de brillo intenso. Todo ello es pasajero, no tiene asidero. Podemos estar muy seguros de algo y al día siguiente cambiarlo. Porque aquí no hay nada seguro y, si hubiese algo seguro, es eso, que no hay nada seguro. Todo es cambio, todo transformación, todo movimiento, todo acción. No podemos negarlo, es imposible no pensarlo. Si miras al mundo ves un espejismo, algo que está cambiando todo el tiempo y que nos hace ser diferentes a cada instante. Sólo hay algo que está detrás de todo y que no cambia. Es el observador de la obra.

Ese observador es, a la vez, el director de orquesta y también los músicos y los bailarines. Todos al compás somos el mismo ser desde diferentes puntos de vista. Estamos todos viviendo un papel protagonista y, a la vez, somos espectadores del gran teatro de la vida. Qué cosa más curiosa este teatro extraño.

Ian

Deja un comentario