Evolución

Qué vasto el océano de tiempo inmemorial por el que “avanzamos” hacia una entelequia de evolución que no sabemos qué objeto tiene, pero que sí sabemos que es y que opera constantemente. Todo tiene que evolucionar hacia algo, sea “mejor” o “peor”, eso depende de quién lo mire, como todo. Se supone que la evolución ha de ser a mejor o esa es la sensación que se tiene cuando se piensa en un ser muy evolucionado, por ejemplo. Ahora está muy de moda ser la mejor versión de uno mismo. Está claro que vamos cambiando. Cuando tenía 3 años no era como soy ahora ni como seré cuando tenga 50. Todo muta, cambia. Pero ciertas cosas permanecen, como la esencia de lo que somos que es siempre la misma. Más tapada o menos tapada, pero siempre la misma.

Por mutar mutan hasta los recuerdos. Cuantas veces hemos recordado algo y resulta que, al cotejar el recuerdo con alguien más que estuvo allí, había cosas que cambiaban y muy radicales a veces. Es raro de cojones todo esto. Si te paras a pensar un poco en ello caes en la cuenta de que, al final, nada de lo que pasa es real ni se quedará, todo pasará. Y uno se pregunta, ¿Para qué la vida? Y la pregunta sigue sin responderse o se responde a sí misma en una vivencia concreta, en un encuentro con alguien especial. Todo es absurdo y a la vez tiene mucho sentido. Estoy ahora escuchando “Brothers” de Thomas Newman y me viene el lujo que es poder estar escribiendo mientras escucho música tan deliciosa con mis cascos y con un fondo en mi segunda pantalla del hotel Ritz-Carlton Maldivas con vistas desde una de sus habitaciones al océano. ¿Qué hubiese escrito J. R. R. Tolkien en esta época y con estas posibilidades tan inspiradoras? Quizá no hubiese escrito nada o más bien poco, porque sería un adicto a la dopamina casi seguro, como lo es la gran mayoría de la población mundial. Aunque bueno, hubiese tenido un espíritu un poco conservador y hubiese declinado gran cantidad de tentaciones y quizá, por ahí, hubiese escrito algo muy interesante. ¿Quién sabe?

Al final soy yo ese Tolkien del futuro (para Tolkien) que está escribiendo humildemente desde su ordenador un sábado de reyes a la hora del café. No estoy escribiendo nada monumental ni que vaya a quedar para la historia de la literatura española. Pero sí que estoy escribiendo algo que me sirve, por lo menos, a mí. Desahogo mis ganas de expresarme y escribir y tal vez mis reflexiones lleguen a alguien que disfrute de ellas. Puedo relajarme y expresar mi gratitud por todo lo que estoy aprendiendo en estas últimas semanas. Expresar también mi gratitud hacia mí mismo por estar cuidándome cada vez más y amándome cada vez más. También estoy presente ante los cambios que se puedan dar debido a este cambio mío interno y espero que eso cambios que se den sean para bien y así serán. Como se suele decir: lo que viene, conviene. Si se vive desde ese prisma la vida es mucho mejor y mucho más llevadera. He estado en los dos extremos, en la apatía más grande del mundo, aderezada de un nihilismo exacerbado con tintes suicidadas y en el optimismo pleno, lleno de alegría y felicidad, con objetivos y metas que cumplir y con toda la vida por delante para desarrollarlas.

Al final no me quedo con ninguno de los extremos. Prefiero el equilibrio del “lo que viene, conviene” y la sabiduría que de ello mana, que de vivir así surge. Bueno, no me enrollo mucho más. Sólo decir que si lees esto y llegas hasta aquí muchísimas gracias por ello y espero no haberte dado la lata mucho. ¡Un abrazo!

Ian

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