Como llanuras abisales bañadas por el sol del atardecer, solitarias, esplendorosas, inmensas. Así es la amplitud del Espíritu. Nunca he experimentado tanta libertad como entonces. Podía saborear el viento mientras miraba con la profundidad de un océano lo que había frente a mí. Hacía allí iba sabedor de que encontraría maravillas que pertenecen a lo que permanece dentro del cambio constante.

Recuerdos que llegan como un eco hasta el presente y me traen el presente de lo que yo soy realmente. Momentos que se acumulan y que me liberan, me impulsan hacia la libertad total del ser. Hacia ese lugar tan extraño, tan poco transitado a lo largo de los milenios. Tan sólo hollado por unos pocos y anhelado por pocos más. Trillones de vidas humanas nacen, crecen y mueren sin buscar ese lugar. Pero ese parece ser el sino de la humanidad.
Y le canto a esa libertad total como para atraerla, sabiendo que es durísima y a la vez maravillosa. Pavorosa y llena de alegría. Es como un susurro que grita desde las profundidades de uno mismo con toda la potencia de un ciclón. Como un niño que pide ayuda perdido en medio de la selva. Muy pocos escuchan esa voz, muy pocos.
Ian